Siempre me aburrió estudiar. No es que me costara, pues
entendía las cosas con bastante rapidez, pero no le veía ningún sentido. Y,
como me aburría en clase, pues a veces me pasaba el rato hablando con mis
compañeros o estaba distraída.
Con esa actitud, es normal que los profesores no me
apreciaran demasiado. Se quejaban a mis padres, quienes me decían que era mejor
que me pusiera a trabajar y dejara los estudios.
Pero, en primero de bachillerato, algo cambió. Llegó un
profesor de Historia, que además era nuestro tutor y que nos motivó mucho a
todos. Nos pedía que diéramos nuestras opiniones y nos hacía preguntas
interesantes que nos obligaban a pensar. Por primera vez me encontraba a gusto
en una clase. Sentía que podía ser yo, exponer lo que pensaba y, además,
entendía las cosas sin tener que memorizarlas como si fuera un loro.
Tenía ganas de seguir estudiando los temas que tratábamos en
clase. Pero, claro, eso me pasaba sólo con su asignatura. El resto
de materias me seguían pareciendo muy aburridas y, para ser sincera, no daba
palo al agua. Un día mi profesor de Historia me llamó al despacho. Me dijo
que él estaba muy contento conmigo, pero el resto de profesores no. Si no me
aplicaba de verdad, iba a catear el curso y él pensaba que era una pena, que
valía para estudiar y que era una persona inteligente, con ideas propias que podía
llegar a la universidad si me lo proponía.
El me escuchó atento y me preguntó por qué no estudiaba algo
que me permitiera cambiar las cosas. Y a partir de ahí durante varios días,
estuvo ayudándome a buscar estudiar, en qué encajaría.
No sé cómo, llegué a la conclusión de que quería cursar
Derecho. Y, de repente, algo cambió en mí: ya no iba a la escuela
porque mis padres me lo mandaran, si no porque quería llegar a ser algo que yo
misma había decidido.
Gracias a aquel profesor, actualmente soy abogada. Y la
verdad es que no sé qué habría sido de mí si no se hubiera cruzado en mi
camino. Él me hizo confiar en mí misma y me enseñó a tomar decisiones de cara a
mi futuro. Tal vez si hubiera más docentes como él, no habría tanto fracaso
escolar entre los jóvenes. Por eso, hoy quiero agradecerle al profesor
Hernández todo lo que hizo por mí y por el resto de sus alumnos. ¿Hay docentes así en tu centro?